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La Formación de los Evangelios

por Romen
miércoles, 13 de agosto del 2008 a las 17:29
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La formación de los evangelios[1]

Los evangelios son los libros de la Biblia más conocidos para la mayoría de los católicos, porque cada domingo los escuchamos en la celebración de la eucaristía. A fuerza de oírlos una y otra vez, muchas enseñanzas, parábolas, milagros y episodios de la vida de Jesús han acabado resultándonos familiares. Sin embargo, muy pocos católicos sabrían explicar cuándo, cómo y por qué se escribieron los evangelios. Ahora que vamos a comen- zar a leer uno de ellos, puede ser interesante conocer algunas de estas cosas.

Evangelio y evangelios

Desde hace mucho tiempo llamamos "evangelios" a los cuatro libros de la Biblia que narran la vida de Jesús, pero entre los primeros cristianos la palabra "evangelio" no designaba un escrito, sino el anuncio de una buena noticia. Este era el sentido que tenía en el lenguaje corriente. Entre los judíos esta palabra tenía además un significado religioso. A muchos les recordaba el anuncio del profeta Isaías, que había proclamado como buena noticia la llegada de Dios para reinar sobre su pueblo (ls 52,7).

También para Jesús la buena noticia era la llegada del reinado de Dios. El hizo de este anuncio el contenido central de su predicación (Mc 1, 15) y el motivo de su actuación. Los primeros cristianos comprendieron que con su pascua había comenzado a llegar este reinado de Dios, y por eso la buena noticia que anunciaban era su muerte y resurrección (1 Cor 15,3-5).

Evangelio fue, por tanto, al principio una palabra de la misión cristiana, y sólo a partir del siglo segundo se utilizó para designar a los libros que hoy llamamos evangelios.

De Jesús a los evangelios

El evangelio de Marcos, a pesar de ser el más antiguo, no es una crónica directa de los acontecimientos que narra, pues fue escrito casi cuarenta años después de la muerte de Jesús. En este camino que va desde Jesús hasta los evangelios pueden distinguirse tres etapas:

* Jesús y sus discípulos: La relación de Jesús con sus discípulos fue muy estrecha. Ellos lo acompañaron a todas partes, escucharon muchas veces sus enseñanzas, fueron testigos de sus signos, y además Jesús los envió a proclamar el mismo mensaje que el anunciaba (Mc 6,7-13). Aquellos discípulos son el primer eslabón en la transmisión de los recuerdos sobre Jesús.

* Las comunidades cristianas: Después de la resurrección de Jesús, sus discípulos formaron pequeñas comunidades, que anunciaban la buena noticia de su resurrección, recordaban sus enseñanzas y celebraban su memoria (Hch 2,42-47). En estas comunidades se transmitieron cuidadosamente los recuerdos sobre Jesús[2]. Muchos aprendieron de memoria sus palabras y sus signos, y algunos comenzaron a escribirlas para que no se olvidasen.

* Los evangelistas: Llegó un momento en que los cristianos sintieron la necesidad de tener por escrito todo lo que se recordaba sobre Jesús. Poco a poco van faltando los testigos oculares directos, mientras el movimiento cristiano se va difundiendo en áreas cada vez más alejadas de la palestina originaria y alcanza a personas que nada conocen no sólo de Jesús de Nazaret, sino ni siquiera de la tradición de Israel. Fue entonces cuando los evangelistas, después de haber investigado cuidadosamente todo (Lc 1,1-4), Compusieron sus evangelios. Al hacerlo tuvieron muy presentes los problemas que tenían sus comunidades, y trataron de iluminarlos desde las enseñanzas y las acciones de Jesús.[3]

Evangelios canónicos y evangelios apócrifos

Los cuatro evangelios que tenemos en nuestras Biblias son los que la Iglesia aceptó como regla de fe y por eso se llaman "canónicos". Pero además, en los primeros siglos del cristianismo se escribieron otros libros similares, a los que también se llamó evangelios. Algunos de ellos, como los evangelios de la infancia, tratan de llenar vacíos de los evangelios más antiguos; otros pretenden recoger enseñanzas secretas de Jesús. Muchos de ellos han servido de inspiración a los artistas, y de alimento a la piedad cristiana. En general son muy interesantes para conocer las creencias y forma de vida de algunos grupos cristianos de los primeros siglos, pero excepto una colección de dichos de Jesús que se conoce con el nombre de "Evangelio de Tomás", el resto aporta muy poco sobre Jesús y sus enseñanzas.

Vamos a leer algunos pasajes sueltos evangelio de Marcos en los que se dan diversas opiniones sobre Jesús. Fijémonos en qué es lo que dice cada uno de estos personajes sobre Jesús y en cómo lo recibe o valora Jesús.

Los demonios:             Mc 1,24; 3,11; 5,6-7

La gente:                     Mc 6,14-15; 10. 47; 11,10

Herodes:                      Mc 6,16

Pedro:                         Mc 8,29

El centurión:                Mc 15,39

El evangelista:             Mc 1,1

La voz del cielo:          Mc 1,9-11; 9,2-13

Jesús:                           Mc 8,31; 9,30-31; 10,33; 14,61-62 

¿QUIEN ES JESUS?

PUESTA EN COMÚN

En esta primera parte de la reunión vamos a hablar de lo que hemos descubierto en nuestro repaso de las opiniones sobre Jesús que aparecen en el evangelio de Marcos. Son bastantes y variadas, pero no todas son acertadas: no todas expresan de verdad quién es Jesús. La clave para distinguir unas de otras está en cómo las recibe el mismo Jesús. Cuando manda callar o prohibe hablar de él es que lo que dicen sobre él (o lo que quieren decir) no es correcto o no responde a su verdadera identidad. Las preguntas a las que vamos a responder son: ¿qué dice cada uno de los personajes sobre Jesús? ¿Cómo lo recibe él, lo acepta o lo rechaza?

LECTURA DE Mc 8,27-30

Ambientación

En la puesta en común hemos visto lo que diversos personajes de su tiempo dijeron sobre Jesús. Desde entonces hasta hoy muchos hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, han intentado descubrir quién es Jesús. Unos le han visto como un maestro de sabiduría, otros como un visionario, otros como un libertador, muchos como el Hijo de Dios   ... Al comenzar juntos este camino, en el que deseamos conocerle mejor, también nosotros vamos a intentar aclararnos sobre quién es para nosotros Jesús.

Miramos nuestra vida

Primero vamos a mirar a nuestro alrededor Intentando ver qué dice la gente hoy sobre Jesús. Algunos lo dicen de palabra; otros con su vida. Quien va a la iglesia a poner una vela ante una imagen de Jesús sólo cuando está en dificultades, dice así quién es Jesús para él o ella, y lo mismo hace quien deja todo para ponerse al servicio de los demás, imitando el ejemplo de Jesús.

Pensamos un momento y después compartimos con los demás: ¿Qué dice la gente hoy sobre Jesús de Nazaret?

Escuchamos la Palabra de Dios

1. Con un momento de silencio preparamos nuestro corazón para acoger lo que Dios quiere decirnos hoy a través de su Palabra.

2. Proclamación de Mc 8,27-30

3. Cada uno vuelve a leer el pasaje consultando las notas.

4. Después, entre todos, tratamos de responder a estas preguntas:

  • - ¿Qué opinaba la gente de su tiempo sobre Jesús?
  • - Los discípulos tienen otra opinión. ¿A qué puede deberse? -
  • - ¿Cómo reacciona Jesús ante la respuesta de Pedro?

 

Volvemos sobre nuestra vida

Jesús sigue haciéndonos a nosotros las mismas preguntas. Después de escuchar lo que otros dicen hoy de él y lo que dijeron entonces sus discípulos, el Señor nos pregunta a cada uno de nosotros:

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Es muy importante que seamos sinceros al responder, pues este será el punto de partida del camino que vamos a hacer juntos detrás de Jesús. Cuanto más sinceros seamos los unos con los otros, más nos podremos ayudar a descubrir quién es Jesús.

Oramos

Estamos comenzando juntos un camino: queremos descubrir quién es Jesús. Vamos a orar para que sea él mismo quien nos conceda lo que necesitamos para este camino: sinceridad para compartir, capacidad de acoger a los demás, deseos de conocerle

QUIEN ES JESUS

En el evangelio de Marcos se dan diversas respuestas a esta pregunta, pero no todas tienen el mismo valor. A través de las reacciones de Jesús a lo que los diversos personajes dicen sobre él, el evangelista invita a sus lectores a que revisen sus propias opiniones sobre Jesús, porque seguramente la visión que tienen sobre él no sea del todo acertada, como no lo era la de sus propios discípulos y la de la gente que le conoció. Marcos nos invita a acercarnos a Jesús con una actitud de búsqueda, y nos va dando pistas para ello.

Mesías e Hijo de Dios

En el primer versículo del evangelio nos dice que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (Mc 1,1), pero el verdadero sentido de estas dos afirmaciones sólo  pueden comprenderlas bien quienes lo acompañen a lo largo de todo el relato. Al terminar la primera parte de su evangelio, Pedro afirma en nombre de los discípulos que Jesús es el Mesías, el Ungido de Dios enviado para salvar a su pueblo (Mc 8,29). Pero esta afirmación puede ser entendida mal; es necesario seguir a Jesús hasta la cruz para comprender en qué sentido es el Mesías. Allí un centurión pagano reconoce finalmente que Jesús es el Hijo de Dios (Mc 15,39).

Jesús manda callar

Uno de los detalles más llamativos del evangelio de Marcos es que Jesús manda callar con frecuencia a quienes afirman algo sobre él. Manda callar a los demonios, que lo conocen y saben que es el Santo de Dios (Mc 1,34; 3,12). A los que cura de sus enfermedades, les ordena que no se lo digan a, nadie (Mc 1,44; 5,43, 7,36). Incluso a sus discípulos, que son quienes mejor lo conocen, les manda que no hablen a nadie sobre él (Mc 8,30, 9,8).

Tanto los demonios, como los curados y los discípulos dicen cosas positivas sobre Jesús. ¿Por qué, entonces, les manda callar? ¿No será tal vez porque aún no han descubierto la verdadera identidad de Jesús? Es verdad que Jesús es el Santo de Dios y el Mesías, pero                              no en el sentido triunfalista que ellos dan a estos títulos. Los discípulos no aceptan. Ellos preferían a un Mesías triunfante y milagrero. Jesús se lo recrimina y les pide que le sigan.

Para entender por qué Jesús manda callar es importante caer en la cuenta de que sólo lo hace en la primera parte del evangelio (Mc 1,14 - 8,30), donde aparece más el lado glorioso y triunfal de su ministerio. Esta primera parte termina con la afirmación de Pedro.- "tú eres el Mesías". Sin embargo, Jesús les pide a sus discípulos que no hablen sobre él (Mc 8,30), porque aún no lo conocen bien.

Jesús instruye a sus discípulos

En la segunda parte del evangelio (Mc 8,31 - 16,8) Jesús les explica que su camino (el de Jesús y el de ellos) pasa por la cruz. Esta es la otra cara de la moneda, sin la cual es imposible descubrir quien es Jesús. Sin embargo, a los discípulos les cuesta mucho aceptar que Jesús tenga que morir y que ellos tengan que seguirle por el camino del olvido de sí mismos, del servicio, de la entrega. Por eso Jesús tiene que dedicarse a ellos y explicarles el sentido que tiene su entrega. A pesar de todo, cuando llega el momento decisivo, todos ellos, incluso Pedro, le abandonan.

Hacia el final de esta segunda parte hay dos momentos en los que se revela la verdadera identidad de Jesús. El primero cuando Jesús reconoce ante el Sumo Sacerdote que él es el Mesías, el Hijo del Bendito (Me 14,61-62); el otro cuando un centurión pagano, al ver morir a Jesús afirma: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Me 15,39). En ambos casos esta identidad de Jesús aparece relacionada con su muerte. Es aquí es donde se manifiesta la verdadera identidad de Jesús, como hijo obediente a la voluntad de Dios, que nos ha amado hasta entregar a su Hijo por nosotros.

Explicación de Mc 8,27-30

Hemos elegido este pasaje para comenzar nuestra lectura de Marcos porque es muy importante en el conjunto del evangelio. El evangelista ha colocado justo en el centro de su evangelio, entre las dos grandes etapas de la actividad de Jesús, la pregunta que quiere hacer a sus lectores y que intenta él mismo responder relatando lo que Jesús dijo e hizo.

En la primera etapa de la actividad de Jesús (Mc 1, 14 - 8,26), que corresponde a la primera parte del evangelio, el evangelista ha narrado su actividad en Galilea como predicador itinerante de una buena noticia: la llegada del reinado de Dios, que se hace presente a través de sus signos liberadores. Esta etapa muestra sobre todo el rostro triunfante de Jesús, aunque no todos lo aceptan (Mc 6,1-6a) y algunos incluso quieren matarlo (Mc 3,1-6).

La segunda etapa de la actividad de Jesús, que corresponde ,a la segunda parte del evangelio (Mc 8,30 - 16,8), mira hacia Jerusalén, donde tendrá lugar su muerte y resurrección. En esta segunda parte se resalta un aspecto muy distinto del rostro de Jesús: el de la cruz que él y sus discípulos deben acoger.

Muchos de los cristianos para los que Marcos escribió su evangelio habían aceptado la primera parte. Veían en Jesús un profeta que actuaba con el poder de Dios, que expulsaba demonios, que enseñaba con autoridad... pero les resultaba muy difícil admitir la otra parte: la del camino de la cruz, traducido en servicio y entrega. Marcos quiere mostrarles que es precisamente ahí, en el camino de la cruz, donde se descubre la verdadera identidad de Jesús.

Este es el contexto en el que hay que leer el episodio narrado en Me 8,27-30. En la pregunta que Jesús hace a sus discípulos está reflejado el interrogante que se hacían los cristianos de la comunidad de Marcos; y en la respuesta de los discípulos y de Pedro aparece la contestación insuficiente que daban a dicha pregunta.

Jesús pregunta a sus discípulos "en el camino". El camino era para los primeros cristianos, ante todo, el camino del discipulado, del seguimiento (Mc 10,52). Jesús plantea la pregunta a aquellos que le seguían entonces, pero Marcos pretende que los cristianos de su comunidad la escuchen como si se dirigiera a ellos.

La primera respuesta de los discípulos (Me 8,28) recoge opiniones que ya han aparecido en la primera parte del evangelio (véase p.c. Me 6,14-16). La gente veía en Jesús a un profeta, es decir, a alguien que hablaba en nombre de Dios, al estilo de los antiguos profetas del AT. La voz de aquellos antiguos profetas se había apagado hacía ya tiempo, pero recientemente había comenzado a hacerse oír de nuevo en personajes como Juan Bautista. Decir esto sobre Jesús era ya mucho para la mayoría de la gente .

Sin embargo, Jesús repite su pregunta. Esta vez se la dirige directamente a sus discípulos. Pedro responde en nombre de los demás (Mc 8,29) con una afirmación muy comprometida. Profetas podía haber muchos, pero Mesías sólo podía haber uno. Dios había prometido desde antiguo a su pueblo un descendiente de David, un rey que vendría a salvar a su pueblo (véase p. e. 2 Sm 7). A este rey que vendría de parte de Dios le llamaban el "Ungido" (Mesías, en hebreo, lo mismo que Cristo en griego, significa "Ungido'). Este título tenía entre los judíos connotaciones triunfalistas, y muchos pensaban en tiempos de Jesús, que este Rey vendría para librarles del yugo de los romanos. Cuando Pedro reconoce a Jesús como Mesías está diciendo sobre él lo más grande que se podía decir de un judío.

Por eso resulta tan sorprendente la reacción de Jesús (Mc 8,30). ¿Cómo es posible que prohibiera a sus discípulos hablar de él, si habían comprendido que él era el Mesías? Esta respuesta de Jesús les haría pensar mucho... y también a los cristianos de la comunidad de Marcos. Jesús les estaba diciendo que aún no habían comprendido quién era él, o que lo habían entendido mal. Las enseñanzas que vienen a continuación (Mc 8,31-10,52) revelan que el titulo de Mesías es insuficiente para describir a Jesús, y que su verdadera identidad sólo se revela plenamente en la cruz, donde se manifiesta como Hijo de Dios (Mc 15,39). Jesús invita así a sus discípulos, y Marcos a los cristianos de su tiempo, a seguir preguntándose quién es verdaderamente Jesús. Esta es la actitud y la pregunta que este pasaje nos propone también a nosotros.


[1] Tomado de El auténtico rostro de Jesús. Guía para una lectura  comunitaria del Evangelio de Marcos, La casa de la Biblia, EVD, 1997

[2] En esta primitiva comunidad cristiana los testigos históricos de la actividad de Jesús, los apóstoles, transmiten a la comunidad la enseñanza de Jesús. Y lo hacen releyendo a través de la muerte y resurrección como  clave de lectura

Se forman esquemas que recogen la predicación de Jesús y los puntos fundamentales de su existencia, casi una síntesis de su mensaje y de su vida.

Estos esquemas eran utilizados por el movimiento cristiano en tres contextos principales.

  • - el culto y la eucaristía. centro del movimiento cristiano. En estas asambleas cultuales se recuerdan las etapas de la vida y la enseñanza fundamental de Jesús, además del evento central de su muerte y resurrección.
  • - la predicación. Los apóstoles continuan anunciando a Jesús como él había anunciado la buena noticia. Para hacerlo siguen esquemas donde estructuran ideas y hechos fundamentales que reflejan la enseñanza de Jesús y el culmen de su existencia.
  • - la catequesis, la formación de los que se adhieren a la comunidad.

En estos tres contextos encontramos el nacimiento y la difusión de algunos esquemas y colecciones de predicación, de oración, de catequesis, cada vez más ricos y completos.

[3] A propósito de la sucesión cronológica de la redacción de los evangelios, la crítica -con alguna oscilación- está de acuerdo en estos datos: el primero en ser redactado es el evangelio de Marcos, antes del año 70; siguen, tras el 70, respectivamente Mateo y Lucas; por último, para algunos en los 90 y para otros alrededor del año 100, el evangelio de Juan. Los tres primeros evangelios (los "sinópticos" = cuya estructura puede ser comparada en paralelo en una única "ojeada") muestran evidentes afinidades: la teoría más defendida aún hoy (de las "dos fuentes"), mantiene la hipótesis de que Mateo y Lucas siguen por un lado a Marcos, y por otro, otra fuente ("Q", del alemán Quelle = fuente), además, obviamente, del material propio de cada uno. Juan representa una lectura teológica más profunda y unitaria, pero sólidamente enraizada en la historia de Jesús: no sólo en el sentido de que relata con precisión detalles y referencias históricas de forma a menudo más precisa que los sinópticos; sino también porque lee  siempre en profundidad( se diría "con transparencia") el testimonio originario del anuncio y de la historia de Jesús.

El problema del Jesús histórico y el Cristo de la fe

por Romen
miércoles, 13 de agosto del 2008 a las 13:26

Jesús de Nazaret y la historia[1]

•1.     Jesús y la historia[2]

Una grave cuestión previa se impone a las conciencias contemporáneas: ¿Qué sabemos realmente de Jesús? Los relatos evangélicos están marcados por lo maravilloso y los milagros, que muchos se niegan a aceptar. ¿Cómo basar la fe en datos que parecen en gran parte legendarios? Nuestra mentalidad, marcada por la cultura científica, se ha hecho extremadamente exigente en relación con la historia. La fe no puede ser ya ingenua. No se puede creer sino basándose en cosas ciertas, es decir, en datos históricos comprobados.

Ahora bien, a propósito de la historia de Jesús  se han dicho las cosas más contradictorias: desde que ni siquiera existió hasta que todos y cada uno de los versículos de la Biblia son verdaderos al pié de la letra (el fundamentalismo) ¿De qué fiarnos entonces?

Examinaremos pues lo que se puede decir de Jesús a la luz de las fuentes históricas de que disponemos. Se presentarán los grandes criterios metodológicos de la investigación en esta materia y se señalarán los resultados más comúnmente admitidos hoy.

Pero, ¿tal indagación sobre la historia de Jesús es legítima para un creyente?

No solo es legítima, sino que además es necesaria, la fe la reclama. Porque si Jesús es verdaderamente hombre, como afirma la fe cristiana, entonces es susceptible de los análisis de todas las ciencias humanas que puedan interesarse por él. La primera de ellas es evidentemente la historia; no sólo su historia personal, sino también la del ambiente en que vivió, y en particular el ambiente judío de su época. Este es un punto en el que nuestros conocimientos han aumentado considerablemente en los últimos años. Añadamos a esto la arqueología, que es una especie de geografía histórica. También podemos considerar la ciencia de las religiones (anteriormente llamada historia de las religiones, o religiones comparadas) la psicología, la sociología. Jesús, verdadero hombre, puede con entera legitimidad ser objeto de todas estas disciplinas. Es la misma fe la que nos remite a las ciencias y a la historia

Breve historia de la investigación sobre Jesús

 

Se trata de introducirnos previamente a la historia de la historia, es decir a la historia de la investigación histórica sobre Jesús. La misma en los últimos doscientos años ha dado giros espectaculares. Conocerlos nos permiten captar la complejidad del problema.

La dificultad comienza con el estudio de las fuentes de nuestro conocimiento de Jesús. El noventa y nueve por ciento de las mismas son cristianas: evangelios, cartas del NT. Hasta los tiempos modernos (s. XVI) los cristianos, en nombre de la fe, otorgaban una confianza total a estas fuentes. No veían ningún motivo para criticarlas, se las consideraba en continuidad directa con los datos históricos, más cercanos a ellos (en el tiempo) en los primeros siglos, y que aún no planteaban ninguna dificultad en la Edad Media.

Las cosas cambian a partir del siglo XVII. La historia comienza a convertirse en ciencia, y se somete a crítica los textos antiguos siguiendo una serie de procedimientos que se han hecho clásicos: el método "histórico-crítico".

 

Del siglo XIX al XX

 

A partir del s XIX se comienza a poner en cuestión el valor de los evangelios. Ya que se presentaban a sí mismos como testimonios de fe[3] fueron considerados a priori como sospechosos. Se los consideraba parciales, como una predicación que quiere conducir a la fe y por ello se les acusa de "maquillar" los hechos y presentar a Jesús bajo una luz particularmente favorable.

Surge entonces la oposición entre el "Jesús de la historia" y el Cristo de la fe" que marcará la investigación en todo el siglo XX.[4]

Cristo de la fe

Presentado con títulos divinos luego confirmados como dogmas por los concilios

La fe le revistió de añadidos  doctrinales

Jesús de la historia

El hombre de Nazaret, predicador de Galilea y Judea que acabó sus días en la cruz

Algunas posturas extremistas  llegaron  a la conclusión de que Jesús no fue más que un mito, no existente en la realidad. Los relatos de los evangelios serían para ellos de mero carácter simbólico, sin contenido histórico real.[5]

La "escuela liberal" intentó, durante un siglo reconstruir con certeza científica la historia de Jesús. Será A. Schweitzer quien muestre el fracaso estruendoso de esta "búsqueda de Jesús de Nazaret"[6] y . Bultmann quien radicalice la postura contraria: la de la imposibilidad -e inutilidad- de alcanzar al "Jesús histórico"[7]

 

La nueva cuestión del Jesús histórico

Tras lustros dominados por el pensamiento bultmaniano, habrá que esperar los años cincuenta para encontrarse con una postura matizada: los Evangelios nos transmiten mucha más tradición verdadera de la que suponemos. De lo que se trata es de reconstruir el "círculo hermenéutico" que se establece entre el Jesús histórico y lo que la Iglesia naciente testifica que Dios obró en él.

La predicación primitiva no es un telón que nos oculta todo lo concerniente a Jesús antes de la pascua. A través de ella precisamente se puede discernir lo que se remonta al propio Jesús.[8]

Toda esta discusión, de la que daremos cuenta en otra parte de la obra, sirvió, entre otras cosas, para que hoy contemos con frondosos estudios que abordan la cuestión y que nos permiten reconstruir con bastante certeza si no una historia de Jesús si al menos el contexto histórico de su actividad, elemento indispensable para aproximarnos a la resonancia que su palabra y su praxis provocaron en la lejana Palestina del año 30.[9]

No nos mueve a esto una mera curiosidad histórica. La confesión de fe que da testimonio de Jesús como revelador y salvador, no se circunscribe a su muerte y su resurrección, como hechos aislados, sino que supone toda su existencia como reveladora y salvadora. Sólo aproximándose a su singularidad histórica se hace posible captar, en todo su dinamismo, la relevancia del misterio proclamado en él.[10]

Hoy se está en mejores condiciones para abordar la cuestión del valor de una conclusión histórica, de su grado de certeza o verosimilitud. La historia, en todos sus campos, sigue siendo en parte una ciencia fundada en conjeturas. No es nunca neutra, desea la objetividad pero se acerca a ella sin alcanzarla definitivamente. Los historiadores modernos tampoco pueden escapar a lo que diagnostican en los historiadores antiguos. Cada uno tiene una concepción del mundo, de los hombres y de Dios determinada que pesa sobre los resultados de la investigación.

El misterio de la encarnación del Verbo de Dios no nos habla solamente de un individuo. La encarnación nos habla, también, de una geografía y una época determinadas, es decir, de un determinado "drama" histórico, sólo desde el cual se accede al carácter universal del destino de Jesús de Nazaret.

Una cristología que prescinda del Jesús histórico corre el riesgo al menos de convertirse en un mero idealismo e incluso, en un juego intelectual. Sin negar otros caminos posibles para aproximarse al misterio de Jesús, el Cristo, puede considerarse que el recorrido por gran parte de la teología del posconcilio es el que sigue siendo el más apropiado".

La cuestión estriba en saber si la confesión cristológica de los cristianos se apoya en un acontecimiento real vivido por Jesús, al que se puede acceder con suficientes garantías.

Sólo desde Jesús de Nazaret se salvaguarda a Cristo del mito. Así como sólo desde Cristo se percibe en su verdadera dimensión el sentido último del destino histórico de Jesús de Nazaret.

Los resultados actuales de la investigación sobre el Jesús histórico  distan de ser "reconfortantes" Varios puntos del mensaje evangélico siguen estando fuera del alcance de la historia. No obstante, hay un consenso general, apoyado en sólidas bases.

El trabajo crítico realizado sobre la Biblia a lo largo del S XX, es sorprendente por sla meticulosidad que llega a los mínimos detalles. Las investigaciones se apoyan en indicios muy tenues. Ningún libro en el mundo ha sido objeto de una investigación tan crítica y reiterada como la Biblia. El verdadero milagro es que resista todavía.

La investigación no puede darse por concluida. Los resultados futuros modificarán el balance que hoy puede hacerse.

•2.     El problema de las fuentes[11]

Jesús, según parece, no escribió nada, salvo una vez sobre la arena (jn 8,6-8). En esto se parece a Sócrates. Cuya enseñanza  ha sido transmitida por otros.

La pregunta que asoma es la siguiente: ¿de qué "fuentes" disponemos a la hora de hablar de Jesús de Nazaret? Pero sobre todo, ¿cuál es el carácter y el valor de tales fuentes?

La respuesta a la primera pregunta parece obvia: el Nuevo Testamento, particularmente los cuatro Evangelios. La respuesta a la segunda no lo es tanto, ya que supone desandar, aunque más no sea brevemente, la historia de la redacción de los Evangelios y la cuestión del género literario de los mismos. Hay fuentes cristianas no recogidas en la "regla" o canon[12] de las Escrituras.

Deben valorarse, además, los datos -ciertamente escasos- que provienen de escritores no cristianos contemporáneos al Nuevo Testamento y finalmente, los restos arqueológicos.

El carácter kerygrnático[13] de los evangelios

Los Evangelios no son biografías de Jesús. No parten del afán, más propio de los tiempos modernos, de abarcar cronológicamente todas las palabras y acciones de un personaje histórico. Los Evangelios son, ante todo, predicación. Por eso se habla del carácter kerygmático de los mismos, es decir, del lugar que ocuparon en la misión de la Iglesia apostólica como proclamación de su fe.

Para comprender lo anterior es necesario sumergirse en la vida de las primeras comunidades cristianas, dentro de las cuales se va abriendo paso la tradición que desembocará, finalmente, en los Evangelios.

La distancia que media entre la Pascua (año 30) y la redacción de los Evangelios sinópticos (entre el 70 y el 80) es de aproximadamente medio siglo. Durante esos 50 años fundantes, ¿no hubo Evangelios? No en la forma en que hoy los conocemos. Pero sí hubo una Iglesia que celebraba su fe y que misionaba y catequizaba tanto entre los judíos como entre los gentiles. Es decir, había una comunidad misionera.

En función de la misión y de la vida de las comunidades se hacía memoria de los hechos y dichos de Jesús. Nos encontramos, entonces, ante un evangelio narrado, fundamentalmente por los Apóstoles -y quienes estuvieron más cercanos a Jesús en su vida pública- y luego por los "profetas" o predicadores itinerantes de la primera Iglesia.

Muy probablemente estos relatos de la tradición oral comenzaron a fijarse en escritos que coleccionaban los dichos y los hechos de Jesús de Nazaret, dando origen a una tradición textual.

Todo este "trabajo" no surgía del interés historiográfico sino de las necesidades aparecidas en la tarea evangelizadora y en la vida de las comunidades. Esto hará que con los evangelistas[14]  cristalicen escritos considerados canónicos por la Iglesia desde bien temprano.

Al redactar los Evangelios, los autores seleccionaron[15]  del material recibido, aquellos pasajes que adquirían una particular relevancia en función de sus destinatarios. A su vez, la construcción literaria la efectuaron desde su propia teología y con su peculiar estilo.

El texto que hoy llega a nuestras manos es el resultado final de una larga historia en cuya reconstrucción aún trabajan los especialistas sin ponerse del todo de acuerdo. Lo cierto es que los Evangelios nos transmiten la predicación de la primitiva Iglesia con toda su variedad y su riqueza, pero, además, con su propio horizonte de preocupaciones.

Como punto final de una historia que nadie ha podido escribir con detalle ni de manera convincente, se encuentra el Evangelio ( ... ). En nuestros días, la mayoría de los críticos se niegan a reducir el papel de los evangelistas al de meros compiladores. Y ello tanto más cuanto que el "género literario" de los Evangelios es una creación cristiana original. Su particularidad descansa en el carácter único de la predicación cristiana que anuncia que este hombre es el Señor... No puede compararse el género literario de los Evangelios al de las obras de la antigua historiografía ( ... ). Y es que, en efecto, lo que los Evangelios pretenden directamente no es trazar la biografía de un héroe, sino suscitar en el lector la fe en Jesús..

Si muchos de los relatos evangélicos son construcciones de los evangelistas, ¿en qué sentido pueden considerarse "verdaderos"? En el sentido de la fidelidad a lo que querían transmitir: En Jesús, el Cristo, Dios ha manifestado y actuado su salvación para los hombres.  Este es el mensaje central del que dan testimonio "los cuatro" Evangelios y que nos permite hablar de "el" Evangelio.

Los otros escritos neotestamentarios

            No fueron los Evangelios los escritos más antiguos que hoy integran el Nuevo Testamento. Antes de la redacción de aquéllos nos encontrarnos con las cartas de Pablo, al menos las siete consideradas auténticas, ubicadas entre los años 50 y 64 (o 68). Sin embargo en ellas no abundan los resortes biográficos acerca de Jesús.

Las cartas de Pablo, así como el resto de los escritos neotestamentarios, se entroncan en una motivación similar a la de los Evangelios. El escribe a comunidades ya existentes y que, por lo tanto, habían recibido el "primer anuncio" e incluso gozaban de una activa vida litúrgica, como lo refleja  1 Cor. Entre estas comunidades, que conocían a prominentes figuras de la Iglesia apostólica como Pedro, Lucas, Bernabé, Marcos, Apolo y, por supuesto, al propio Pablo, debemos suponer presente al menos la tradición oral por la cual sabían de la actividad de Jesús. Estas comunidades son las protagonistas de aquel proceso que describíamos al hablar de la redacción de los Evangelios.

Pablo se dirige a ellas para ahondar en el misterio que les fue anunciado, para exhortarlas a la perseverancia en la fe, para hacer oír su voz en los conflictos y para llamarlas a una vida digna de la fe que recibieron. Por eso es que en sus cartas aparecen, según los casos, la alegría y la tristeza, el enojo y la ternura, la exposición serena y el relato apasionado. Pablo es como un padre hablándoles a los hijos que engendró para la fe en Cristo.

"Y dejando de lado otras cosas, está mi preocupación cotidiana, el cuidado de todas las iglesias" (2 Cor. 11, 28): es este cuidado por las comunidades, esta preocupación, la que motiva a Pablo a escribir. Y si sus escritos no nos acercan elementos sobre el acontecer histórico de Jesús, sí testifican lo que la palabra y la praxis del Nazareno, en el movimiento del Espíritu, han suscitado.

Las fuentes no-cristianas

Entre las fuentes no-cristianas que mencionan a Jesús, pueden distinguirse las judías y las paganas.

Entre estas últimas, mencionamos a Tácito (55-120), Suetonio (75-155) y Plinio el joven (61-115). Son menciones indirectas, ya que de lo que tratan estos autores es describir la "abominable superstición" (Tácito) del cristianismo.

Entre las fuentes judías pueden mencionarse el Talmud y sobre todo a Flavio Josefo (37-100). Este último, a través de sus dos obras fundamentales (La guerra de los judíos y Las antigüedades judías), es quien más datos aporta sobre la Palestina de los tiempos de Jesús. Un texto de Las antigüedades judías hace referencia a Jesús. Texto problemático, ya que existe en cuatro versiones distintas desde las que no resulta sencillo reconstruir la original,  reproducimos la que aparece en la historia universal de Agapio:

Por esta época, hubo un hombre sabio llamado Jesús, de, buena conducta; sus virtudes fueron reconocidas, y muchos judíos y de otras naciones se hicieron discípulos suyos. Y Pilato lo condenó a ser crucificado y a morir. Pero los que se habían hecho discípulos suyos predicaron su  doctrina. Contaron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Quizá era el Cristo sobre el que habían dicho cosas prodigiosas lo profetas..

Es innegable que esta  cita, aun remitiendo a un núcleo indiscutido de autenticidad, recibió algún "retoque" cristiano.

En líneas generales, las menciones extra-cristianas acerca de Jesús son escasas y poco relevantes. Para un juicio global sobre ellas, conserva toda su actualidad la afirmación de G.Bornkamm:

Estas fuentes paganas y judías son importantes única mente en cuanto confirman el hecho -evidente ya por otras partes- de que, en la antigüedad, ni al más acerbo enemigo del cristianismo se le ocurrió poner en duda la historicidad de Jesús. Esto quedó reservado tan sólo para la crítica desenfrenada y tendenciosa de los tiempos modernos sobre la que no vale la pena entrar aquí en detalles. Pero a nuestro conocimiento de la historia de Jesús, los mencionados pasajes no aportan prácticamente nada. Lo que vemos por ellos es que, para la historiografía contemporánea, la aparición de Jesús, suponiendo que se enterara de ella, distó mucho de ser un acontecimiento sensacional.

Aproximación cronológica a la vida de Jesús

¿Es posible reconstruir una cronología de la vida de Jesús? Tan sólo aproximativamente. Para ello deben tenerse en cuenta algunos datos aportados por los Evangelios.

Jesús nació, según Mt. 2, 1, en tiempos de Herodes el Grande (37-4 a. C.), cuando Quirino era legado del imperio romano en Siria. Sabemos por Tácito que Quirino fue hecho cónsul en el año 12 a. C. y lo encontramos con algún tipo de responsabilidad política en Siria (y Judea) aún en el año 6 d.C. Esta última referencia, aportada por Lc. 2, 1-2, resulta poco clara en función de los datos que, con algunas lagunas, maneja la historiografía actual. En esa misma  cita se nos dice que el emperador de Roma era Augusto (63 a.C.-14 d.C.).

Según Lc. 3, 1 Jesús desarrolló su actividad siendo Tiberio emperador romano (14-37 d.C.), Herodes Antipas (Mc. 6,14) el tetrarca de Galilea (4 a.C.-39 d.C) y Poncio Pilato (Mc. 15, 1) el procurador de judea (26-36 d.C.). En lo que hace al sumo sacerdocio, este fue ejercido, en vida de Jesús, por Anás (6-15 d.C.) y por Caifás (18-38).

¿Cuándo empezó y cuánto duró su actividad profética? La investigación ubica el comienzo de su actividad pública entre los años 27 y 28, ("el año 15 del Reinado de Tiberio César" según Lc 3,1). Todos los evangelistas coinciden en referir el bautismo de Juan (o su testimonio, como Jn. 2) en el inicio de su actuación. En lo que hace a su duración, las divergencias aparecen desde los propios Evangelios: los sinópticos mencionan una fiesta de Pascua (Mc. 14, l), mientras que Juan hace referencia a tres (Jn. 2,13; 6,4; 11,55). La  vida pública de Jesús habría durado entre dos años y medio y tres años.

¿Cuándo nació Jesús? Dionisio el Exiguo, el monje al que en el siglo VI d.C. le encomendaron la tarea de construir un calendario cristiano en reemplazo del romano, cometió un error al calcular el año cero de nuestra era, el del nacimiento de Jesús. Tampoco hay acuerdo sobre el dato señalado por Lc 2,1-2 referido al edicto del censo. Hubo varios censos en esta época.

Si nos atenemos a la afirmación de Lc. 3,23, al iniciar su actividad tendría unos 30 años, y consideramos que su ministerio comenzó en el 27 llegamos a la conclusión de que nació el año 4 a.C (ya que no existe el año 0) Otros datos hacen pensar que nació mas bien el 5 o 6 a.C. Esta es la opinión más generalizada. Se ignora la fecha de nacimiento de grandes hombres de la antigüedad, por la sencilla razón de que nadie nace siendo ya un "gran hombre"

            Como lugar del nacimiento de Jesús, los relatos de Mateo y Lucas señalan Belén. Algunos historiadores, por el hecho de que Juan (¿o sus interlocutores judíos?) parece ignorarlo (Jn 7, 41-42), han cuestionado este dato. A Jesús se lo llama Nazareno y se le considera procedente de esta aldea. Pero nada hay decisivo a este respecto. Jesús vivió y creció en Galilea, en Nazaret, un pueblecito más bien despreciado.

            Entre el comienzo del ministerio público y la pasión de Jesús, no se puede reconstruir la secuencia cronológica de sus desplazamientos y de los principales acontecimientos. Jesús lleva una vida itinerante, cuyos motivos se cuestionan los historiadores. Se hace bautizar por Juan bautista. El vínculo entre ambos hombres es históricamente cierto. Jesús perteneció al grupo bautista de Juan, pero realizó un giro con respecto a la espiritualidad desértica de este grupo. Porque Jesús no es un "asceta" retirado en el desierto ni trata de formar un pequeño grupo de "puros". Vive en el mundo, come y bebe (Mt 11,19), dirige a todos un mensaje universalista.

Los sinópticos nos muestran a Jesús actuando en Galilea.  Tras el rechazo de sus paisanos, Jesús sube a Jerusalén, donde es condenado y ajusticiado. Lucas nos agrega un largo relato  que acompaña la marcha hacia la capital de Judea. Juan pone a Jerusalén como sede principal de la actividad de Jesús. Es probable que Jesús, durante su vida pública, haya  subido más de una vez a Jerusalén, (según Juan tres veces), mientras que la mayor parte de su actividad la desarrolló en las tierras de Galilea. Lo que se conoce como el "giro" de Cesarea de Filipo, lugar en que se sitúa la confesión de Pedro, en el extremo norte de Palestina, inaugura la última subida a Jerusalén antes de su muerte.

¿Cuándo murió? Distintos cálculos apuntan a datar la muerte de Jesús en el día anterior a la Pascua del año 30: el 14 de Nisán del calendario judío. Trasladado a nuestro calendario, el 7 de abril[16]. Jesús tenía, entonces, entre 34 y 37 años.

Excurso: los "evangelios de la infancia"

Un caso paradigmático de los relatos evangélicos lo constituyen los llamados "evangelios de la infancia" de Mateo y Lucas (cfr. Mt. 1-2 y Lc. 1-2).  Se trata de construcciones teológicas en formas de historia que narran la "prehistoria" de Jesús sobre la base de modelos veterotestamentarios. Esto se expresa en la concepción, en el anuncio del nacimiento, en la imposición del nombre, etcétera (cfr. Gn. 21,1-7; 25, 25-26; Ex. 2,1-10). Digamos que este evangelio de la infancia es como un "preludio" en el que, anticipando rasgos de la vida pública y teniendo en cuenta ya la resurrección, la fe de sus autores se recrea en el nacimiento de Jesús.

En Mateo, la figura central es José. Jesús aparece corno el Mesías davídico y el nuevo Moisés. Ante el rechazo de los judíos, es aceptado por los gentiles en la persona de los magos de Oriente. En Lucas, el personaje central es el de María, que juega en paralelo con Zacarías, el padre de Juan Bautista. Al emparentar a María con la familia de Aarón (a través de su prima Isabel) Jesús reúne la ascendencia davídica y sacerdotal. Jesús es adorado por los pastores, considerados malditos por los fariseos.

La importancia de los Evangelios de la infancia estriba en que son los únicos testimonios de la concepción virginal de Jesús. El nuevo Adán no procede de la tierra sino de la libertad y la gratuidad absoluta de Dios. El es fruto del Espíritu, "como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre" (Lc. 1, 55).

Lo que en el fondo han pretendido no es informar para la historia o para la curiosidad, sino subrayar la importancia que tiene para la fe la aparición de Jesús en el mundo y proclamar que con su venida comenzaron a cumplirse las profecías. Por tanto, si alguien quisiera conocer lo que hizo Jesús de niño, cómo era o cómo vivió en Nazaret, de poco le iba a servir la lectura de los evangelios, pues Lucas y Mateo responden desde la fe a la pregunta "quién es Jesús", pero de ningún modo a la pregunta "qué hizo el niño Jesús". Nos presentan así un motivo para la contemplación, pero no un modelo para nuestra conducta.

Desde muy antiguo, la inspiración popular o la fantasía se encargó de llenar por su cuenta lo que parecía un vacío en los cuatro evangelios, y así nacieron los evangelios apócrifos, es decir, no reconocidos por ninguna iglesia como testimonios de su auténtica tradición y "compuestos -según Orígenes- por quienes se lanzaron a escribir evangelios sin estar investidos de la gracia del Espíritu Santo". Los apócrifos nos hablan de un niño Jesús milagrero que hace pajaritos de barro y los hace volar con una palmada.

Más reciente es la ocupación de ese vacío por los padres y educadores, que han proyectado en la figura del niño Jesús todas las "virtudes" de una moral burguesa. Según este procedimiento, el niño Jesús fue ya todo lo que estos padres y educadores quieren que sean sus propios hijos y discípulos.

 

 


[1] BIBLIOGRAFIA: Campana, O, Jesús de Nazaret, su historia y la nuestra, San Pablo, Bs.As.1994; Coda, P., Dios llega al hombre. Breve Cristología, Ciudad Nueva, Madrid, 1993; Sesboüe, B., Creer. Invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI, , San Pablo, Madrid, 2000

[2] Indiquemos en primer lugar os diversos sentidos del término "historia". Puede designar a cronología, los acontecimientos tal como somos capaces de reconstruirlos a partir de las fuentes que poseemos. Pero la historia va más allá, implica un cierto sentido de los acontecimientos, en cuyo discernimiento juega un determinado papel nuestra concepción del mundo.Designa también la condición humana, porque estamos inscriptos en una temporalidad en la que se decide nuestra libertad. Si juzgamos la historia, lo hacemos dentro de la historia.

Distingamos igualmente, aunque sin separarlas, la verdad de la certeza. La verdad expresa lo que es conforme a la realidad, y se opone al error. Pero supera siempre, y con mucho, lo que podemos conocer al respecto. Hay, por lo demás, varios tipos de verdad. Se habla de ella no sólo en el orden de la ciencia, sino también en el de las relaciones humanas. El encuentro y la convivencia son lugares de experiencia de la verdad. Si esta juega con frecuencia el papel de verdad-prueba, puede jugar también el de verdad-signo, A partir de ese momento, la verdad "habla". De ahí pasamos a la certeza, que es un estado de nuestro espíritu que da su asentimiento sin temor a equivocarse. La certeza nos hace reconocer en los grandes acontecimientos la huella de una presencia a la que esta se adhiere. Enseguida se ve el papel de la certeza dentro del acto de fe.

[3] Mc 1,1; Jn 20,30-31

[4] Son célebres la Vida de Jesús, de Friedrich Strauss en Alemania y de Ernest Renan en Francia

[5] En defensa contra esta postura un futuro obispo anglicano Whately escribió en 1919 un librito humorístico titulado Dudas históricas sobre Napoleón Bonaparte, utilizando los mismos criterios que argumentaban  los racionalistas para llegar a la conclusión de que Bonaparte nunca había existido.

[6] Decía:"No hay nada más negativo que los resultados de la investigación liberal sobre la vida de Jesús,...ese Jesús nunca existió. Es una figura esbozada por el racionalismo, vivificada por el liberalismo y revestida de una teología moderna de la ciencia histórica. Esta imagen no se ha destruido desde el exterior, ella misma se ha hundido, zarandeada y agrietada por los problemas históricos reales" (Citado por J Ratzinger, Foi chrétienne hier et aujoud'hui,129) El problema era que se cayó en la cuenta de que había tantos rostros del "Jesús histórico" como autores de vida de Jesús. Cada autor proyectaba inconcientemente (o concientemente como el caso de Hegel que hace decir a Jesús las palabras de Kant) los valores más arraigados en cada uno de ellos. El Jesús que aparece es  un maestro iluminista, un genio del romanticismo, un moralista kantiano o un paladín de las ideas sociales.

[7] Bultman, teólogo y exégeta luterano alemán afirma que de Jesús sólo podemos afirmar que existió, que fue bautizado por Juan Bautista y que murió en la cruz: "No podemos saber prácticamente nada de la vida y la personalidad de Jesús, porque las fuentes cristianas que poseemos, muy fragmentarias e impregnadas de leyendas, no tienen evidentemente ningún interés en este punto, y no hay ninguna otra fuente sobre la vida de Jesús" (Mythologie et démythologisation, 1968, 35) Es imposible para él traspasar el telón histórico que representa la predicación cristiana primitiva. Los evangelios se escribieron después de la predicación de Jesús, y la certeza de la fe en ella transforma los recuerdos. El nombre de Jesús sólo recapitula el contenido entero de la predicación primitiva.

[8] Ernest Käseman, exégeta luterano alemán, replica a Bultman en 1954: la predicación de los discípulos concede un lugar muy importante a los hechos y gestos del Jesús prepascual. Si este no hubiera tenido ninguna importancia para ellos nunca hubieran sentido la necesidad de componer relatos de este tipo. Se habrían contentado con anunciar su resurrección y transmitir sus palabras.

[9] En los últimos treinta años del siglo XX se ha producido un progreso considerable en los estudios sobre el judaísmo y la literatura intermedia entre el AT y el NT, que enmarcan el nacimiento de Jesús. De esta manera es posible identificar mejor el medio (religioso y cultural)  en el cual tuvo lugar la predicación de Jesús. También los criterios para emitir un juicio sobre la historicidad de un hecho son más precisos.

[10] Un exégeta, J. Jeremías ha centrado su investigación en las "palabras que se remontan al mismo Jesús" (ipsissima verba Jesu), las que fueron pronunciadas por él tal cual, a diferencia de las que fueron reelaboradas por los evangelistas. Se tiene en cuenta la parte personal de construcción del relato que se debe al redactor, que escribe a distancia de los acontecimientos y tiene una intención teológica determinada.

[11] Ver para este tema: Piero Coda;  El acceso a la historia de Jesús de Nazaret a través de los evangelios

[12] Canon de las Escrituras:el término griego "canon" (kanôn) significa regla. El canon de las Escrituras es la lista oficial de los libros que pertenecen respectivamente al AT y al NT. Dentro de la abundante literatura judeocristiana, el pueblo judía primero y la Iglesia cristiana después, ejercieron el discernimiento para constituir los respectivos cánones de ambos testamentos, por inclusión o exclusión de diferentes libros. Lo que pretendía era delimitar los libros cuya autoridad por la fe se reconocía. Históricamente esta delimitación se fue realizando por un proceso lento y complejo. Respecto de ambos testamentos surgieron conflictos: 1) algunos judíos querían atenerse sólo a los libros escritos en hebreo (biblia palestina), mientras que otros querían incluir también algunos escritos en griego; 2) algunos cristianos no reconocían los últimos libros del NT. Los libros discutidos durante algún tiempo suelen conocerse con el nombre de "deuterocanónicos" a los libros rechazados se les da el nombre de apócrifos, porque se atribuyen falsamente la autoría de un profeta o de u n apóstol

[13] Kérygma es una palabra griega que significa: "anuncio realizado por el heraldo"; el Nuevo Testamento lo usa en sentido técnico para expresar tanto el anuncio realizado por Jesús (la llegada del Reino de Dios), como el anuncio de los apóstoles sobre Jesús resucitado. Los evangelios (y de manera diversa los otros escritos del NT) pertenecen al género literario kerygmático en el sentido de que quieren anunciar el mensaje de salvación ofrecido por Jesús y cumplido en el acontecimiento de su muerte y resurrección.

[14] No entramos aquí en la ardua cuestión de la autoría de los Evangelios. Sí apuntamos que Mateo, Marcos, Lucas y Juan no pueden ser considerados como meros recopiladores individuales sino como referentes autorizados de distintas comunidades cristianas.

[15] Trabajo de selección que, en algunos casos, fue previo al de la redacción: "Las comunidades cristianas primitivas no conservaron ni transmitieron más que los gestos y las palabras del maestro que tenían un interés para ellas. Cada vez que transmitían lo que habían recibido, es porque tenían un motivo para obrar así; es porque se sentían afectadas, de una manera o de otra, por tal frase o por tal acto de Jesús"

[16] Esta conclusión, que sigue la tradición del evangelio de Juan, se deduce del contraste de numerosos textos y de lo que se sabe de la celebración de la pascua judía. Los datos que nos aportan los Evangelios no son coincidentes. Para los sinópticos, la cena fue pascual, por lo cual Jesús habría muerto el mismo día de la Pascua: el 15 de Nisán. Pero Juan nos dice (cfr. Jn. 19, 14) que Jesús murió el día de la preparación de la Pascua, es decir, el 14 de Nisán, con lo cual la cena fue una comida de despedida.

Si se sigue la tradición de los evangelios de Marcos y Lucas, menos verosímil históricamente, habría que señalar el 27 de abril del 31, un año después.

El acceso a Jesús de Nazaret a través de los evangelios

por Romen
miércoles, 13 de agosto del 2008 a las 13:06

El Acceso a la historia de Jesús de Nazaret

a través de los evangelios[1]

 

            Para afrontar el acontecimiento Jesús de Nazaret, lo primero que hemos de hacer es confiarnos  a los testimonios históricos de su vida y de su mensaje. Tenemos a nuestra disposición dos grupos de testimonios escritos:

  • - el primero es el de los testimonios extra-bíblicos
  • - el segundo es el de los testimonios bíblicos o cristianos, es decir el NT
  1. Algunos testimonios extra-bíblicos

En lo que respecta a los testimonios extra-bíblicos no es difícil comprobar enseguida cómo el evento Jesús ha sido testimoniado desde el inicio de la historiografía del tiempo. Igualmente es necesario nota que en los testimonios extra-bíblicos la referencia a Jesús de Nazaret está siempre mediada por la referencia al movimiento nacido de Él.

            Lo que la historiografía  oficial del mundo romano -la "historiografía imperial" - conoce y testifica es el hecho de que, ya al final del siglo I, y después en el II, de modo creciente, se manifiesta una identidad religiosa distinta de la hebrea: un movimiento que se remite a este personaje en conjunto bastante misterioso, que no ha tenido una gran incidencia en la historia oficial, pero que ha dado vida a una "religión" que ha tenido una difusión rápida y capilar. Cristianos, derivado de su nombre Jesucristo, son llamados los fieles de esta nueva religión[2].

            Entre estos testimonios se pueden citar algunos más significativos.

  • 1. La famosísima carta de Plinio el Joven[3], en el año 112 d.C, siendo gobernador de Bitinia (en la actual Asia Menor) al emperador Trajano. El gobernador Plinio, en su región entra en contacto con un grupo de cristianos, y no sabe cómo comportarse con este nuevo movimiento. Escribe, entonces al emperador Trajano, diciéndole que los partidarios de esta religión están "habituados a reunirse en un día establecido, antes del alba, para alabar a Cristo como un dios". Es una alusión directa al domingo, el primer día después del sábado (día sagrado para los hebreos), que se ha convertido en el día sagrado para los cristianos, en memoria de la resurrección de Jesús. Prosigue: "se comprometían bajo juramento, no a cometer ningún crimen, sino a no robar ni asaltar caminos ni cometer adulterio ni faltar a su palabra ni negar depósito reclamado en justicia"
  • 2. El testimonio de un historiador de confianza del mundo romano: Tácito, (116d.C) que en sus Annales[4], cuenta el famoso incendio de Roma, provocado por Nerón. El mismo nos dice que Nerón probablemente está en el origen de este incendio, para desviar las acusaciones sobre élm las habría hecho recaer sobre aquellos que Tácito llama los Crestianos (mostrando su conocimiento poco profundo de la tradición hebrea, porque confunde el término mesiánico "Cristo" con el nombre propio conocido en Roma, de "Cresto". Refiriéndose al movimiento precisa:

"Ellos tomaban su nombre de Cristo, que había sido ajusticiado por el procurador Poncio Pilato bajo el imperio de Tiberio. Frenada de momento, esta dañina superstición volvía a difundirse no sólo a través de Judea, en donde tuvo su origen, sino también en la Urbe, donde confluyen y son aplaudidas todas las cosas más vulgares e ignominiosas"

Lo importante de este testimonio es que poseemos una referencia precisa sobre aquello que, también desde el punto de vista de la fe cristiana, es un dato fundamental del NT: la muerte en cruz de Jesús, bajo Poncio Pilato. En consecuencia encontramos una indicación histórica que confirma lo esencial del relato de la pasión y muerte de Jesús, narrado por el NT. El hecho de que Tácito defina la religión cristiana como una "superstición", y la sitúe entre las cosas "vulgares e ignominiosas", deriva probablemente del desconcierto ante un presunto Mesías que era presentado como Crucificado. El suplicio de la cruz era -como veremos más adelante - algo extremadamente infame para los romanos. De aquí la grave dificultad para acoger esta nueva doctrina.

  • 3. Suetonio, otro gran historiador romano, hacia el 120 d.C., habla de un episodio acaecido a los cristianos bajo el emperador Claudio [5]. En Roma los cristianos y algunos judíos habían sido expulsados porque mantenían un continuo y áspero litigio entre ellos. La comunidad hebrea, que en la Urbe era una comunidad muy consistente, a partir de un momento dado se había visto dividida en facciones contrapuestas, los judíos de la observancia y los cristianos, hasta el punto de que el emperador había decidido expulsar a los más perversos. Tenemos así el conocimiento de las dificultades que encontró el movimiento cristiano en relación con la tradición hebrea. También Suetonio, llama a Jesús "Cresto": mostrando una vez más no sólo la ignorancia acerca de la tradición hebrea, sino también la poca importancia que se le daba a este personaje histórico.
  • 4. Del origen judío tenemos documentos del famoso historiador hebreo Flavio Josefo, hombre de vastísima cultura, que llegó a ser secretario del emperador Tito, y que contando con un gran conocimiento de la historia hebrea, habías sido llevado a Roma por este último, como consejero en cuanto se refería a las cuestiones de Palestina.

Flavio Josefo escribe dos obras bastante importantes y famosas:

  • a) Las Antiquitates judaicae, una obra que -como dice el título- reconstruye la historia judia;
  • b) El De bello judaico, una obra que trata de la guerra de los hebreos de Palestina contra el dominio romano, durante la cual Jerusalén fue destruida por el emperador Tito (70 d.C.) y que incluye una larga e importante introducción sobre la historia de Palestina desde el 170 a.C. en adelante.

En las Antiquitates judaicae, Flavio Josefo habla de Juan  Bautista[6], y también se refiere a Jesucristo en un largo párrafo que vale la pena leer, aunque sea de dudosa autenticidad, porque se consideran interpolados por los cristianos los fragmentos señalados en cursiva:

"En este tiempo vivió Jesús, hombre sabio, si puede llamarse hombre. Era autor de obras maravillosas y maestro de aquellos hombres que acogen con alegría la verdad y se atrajo a muchos judíos y también a muchos griegos. El era el Cristo. Siguiendo las acusaciones de nuestros notables fue condenado al suplicio de la cruz por Pilato, pero aquellos que antes lo habían amado no cesaron de amarlo y apareció de nuevo, vivo, el tercer día. Los divinos profetas habían predicho esto sobre Él y muchísimas otras cosas maravillosas. También hoy existen aquellos que, siguiendo su nombre, se llaman cristianos"[7].

Existe otra referencia de Flavio Josefo en la que menciona el martirio de Santiago, el "hermano de Jesús, llamado Cristo"

Del conjunto de estos testimonios extra-bíblicos no es que averiguamos mucho, puesto que Jesús no fue un personaje relevante para el mundo de entonces. Comenzó a serlo -como decíamos, sólo a través del movimiento iniciado por Él, y a través de las progresivas consecuencias que este movimiento generó en la cultura y en la configuración social de la época.

  1. Los testimonios bíblicos de los evangelios

Junto a  estos testimonios extra-bíblicos, tenemos el NT.

Una vez comprobado que los primeros nos dicen tan poco sobre el personaje histórico de Jesús, obviamente la única puerta de acceso a Él que nos queda es el NT y, d emodo particular, aquellos que conocemos, en la tradición cristiana, como los cuatro evangelios.

El NT está formado también por otros escritos, Hech, Cartas de Pablo, Hebreos, Pedro, Santiago, Juan, Judas, Apocalipsis, pero éstos no consideran directamente el personaje histórico de Jesús, sino más bien el movimiento que nació de Él, y de formas diversas testimonian la vida, los problemas, al doctrina, las convicciones de este movimiento (la Iglesia). Sólo los evangelios nos hablan ampliamente de Jesús, desde un punto de vista histórico. Por tanto, para acercarnos al personaje histórico Jesús, asegurada su historicidad de fondo gracias a los testimonios historiográficos extra-bíblicos, hemos de usar los testimonios bíblicos.

Pero en este momento se plantea un problema fundamental: el del acceso a la historia de Jesús de Nazaret a través de los evangelios. ¿Por qué es un problema? Porque está claro que los testimonios de los cuatro evangelios son testimonios hisóricos mediatizados por la fe de los cristianos, y están escritos por creyentes que reconocen en este personaje al Mesías, más aún, al Hijo de Dios.

•a)     La crítica moderna a la historicidad de los  evangelios

 

Históricamente ha sucedido esto.

Hasta el 1700, en la tradición occidental europea que, por su conocida historia ha sido una tradición completamente impregnada por la tradición cristiana, se ha creído en la historicidad fundamental de los textos evangélicos, tal como se presentan. Por tanto, al leer cada evangelio, tanto el simple cristiano como el hombre de cultura ha creído por siglos y siglos estar frente a la crónica rigurosa de los acontecimientos de la historia de Jesús, de forma más o menos ordenada.

Pero al final de ese siglo, se ha comenzado a plantear interrogantes serios sobre la historicidad de los evangelios.

  • - Una primera serie de interrogantes nacía de que, al comparar entre sí las narraciones de los cuatro evangelistas, se podía notar que había discrepancias desde el punto de vista histórico y narrativo: tanto es así que algunos datos no sólo no coincidían, sino que estaban además en conflicto unos con otros. Esto ha mostrado cuán difícil era entender los evangelios como una obra de carácter histórico-cronístico, en el sentido clásico del término.
  • - Una segunda, más profunda y radical, ha nacido de algunos autores que, a partir del Iluminismo, se sitúan fuera del horizonte de la fe: entre los más famosos recordamos, por ejemplo a Reimarus, Renan, Strauss... La pregunta fundamental era esta: la reconstrucción de la figura y la actividad de Jesús de Nazaret, que se nos presenta en los evangelios, ¿no parte del "prejuicio" de su medianidad y de su divinidad? Por tanto, dado que estos evangelios han sido escritos por creyentes, no supone quizá esta visión un condicionamiento para una exacta y objetiva reconstrucción histórica de la actividad de Jesús de Nazaret? Más aún: ¿no puede haber sido la creencia en la divinidad de Jesús de Nazaret una invención de los primeros creyentes?

De todo esto algunos han concluido que se ha asumido este personaje histórico, que ciertamente existió (si bien no ha faltado quien sostuvo que se trata de un personaje absolutamente fantástico, o a lo sumo, mitológico), pero que tenía otros propósitos muy distintos a los de mostrarse como Hijo de Dios, y se le ha aplicado, reconstruyendo su historia, esta presunción o este ideal que se tenía precedentemente, fruto de la eterna ansia humana de salvación, más aún, de participación en una vida divina e inmortal.

Se comprende cómo esta doble serie de interrogantes, tan palpitantes, haya afectado un poco a toda la cultura occidental desde el final del siglo XVIII: primero el iluminismo, sobre todo francés, después en el siglo XIX, la escuela idealista alemana (derecha e izquierda hegeliana), después la escuela positivista, y al final la escuela marxista.

Desde esta perspectiva, estos autores han intentado reconstruir, partiendo de sus posiciones, una vida de Jesús históricamente objetiva, científica, rechazando como condicionada por un prejuicio la visión dada por los autores evangélicos. Todo esto ha traído consigo una verdadera y propia "revolución historiográfica" en lo referente al problema del llamado Jesús histórico.

Y desde el punto de vista de los teólogos y los exegetas cristianos,¿cómo se ha respondido a este desafío tan importante y decisivo? Porque, si los evangelios están viciados por este prejuicio, como dicen estos autores, no se puede concluir más que la fe cristiana está construida sobre fundamentos que vacilan: más aún, que son del todo inexistentes.

•b)     Las tres fases de la redacción de los evangelios

En realidad, el desafío lanzado a la fe cristiana se ha mostrado provechoso e enriquecedor. Dejando a un lado las fases y los protagonistas del rico y encendido debate que ha caracterizado nuestro siglo[8], podemos decir que hemos advertido que efectivamente, para acercarse a Jesús de Nazaret, era necesario tener, junto a la aproximación a la fe, también una aproximación historiográficamente seria y metodológicamente fundada; y que de hecho era posible reconstruir las fases históricas al hilo de las cuales habían sido escritos los mismos evangelios.

En particular, los estudiosos han puesto de relieve que, desde el punto de vista historiográfico y exegético, en a formación de los evangelios era necesario distinguir al menos tres fases.

  • 1. Una primera fase se remonta a la misma existencia histórica de Jesús. Él, como muchos otros personajes históricos de gran altura (p. ej. Sócrates), no escribió, sino que usó para su enseñanza el método que era conocido normalmente en las escuelas rabínicas de su tiempo: transmitir oralmente, a través de la enseñanza, las doctrinas fundamentales de la fe hebrea o -como en el caso de Jesús- los puntos centrales de su mensaje. En esta primera fase contemporánea a Jesús, el grupo de los discípulos que se formó en torno a Él, por decirlo de algún modo, registró mnemotécnicamente los rasgos fundamentales de su enseñanza y las etapas fundamentales de su existencia. Por lo demás, Jesús no sólo los constituyó en comunidad estable (los "doce"), sino que los envió a predicar, asociándolos a su misión: lo cual comporta una asimilación precisa, por su parte, de las enseñanzas del "maestro".

Conviene tener presente al respecto una cosa muy importante: en los pueblos antiguos y especialmente en el pueblo hebreo, que era un pueblo cuya vida cultural y social se basaba por completo en la lectura y la tradición (=transmisión) de la Escritura, la técnica mnemónica era mucho más viva que la nuestra. Tanto es así que la transmisión de la fe de padre a hijo no se producía a través de los escritos, sino mediante la narración oral de los acontecimientos y las palabras de Dios que habían forjado la vida de Israel. Por ello se puede comprender fácilmente que aquel grupo de personas que estuvieron con Jesús durante el período de su predicación tuvieron una relevancia particular para el movimiento histórico que se ha referido a Él, porque fueron testigos oculares, y si queremos, auriculares, de su predicación. Tenían impreso en la memoria (y en la vida) el testimonio de su enseñanza y de sus gestos, que después podrán por escrito. Más que la enseñanza, la vida y la persona misma de Jesús se les había mostrado -como veremos- cargada de una irrumpiente novedad y capaz de una radical atracción: de forma que marcó de un modo indeleble sus existencias. En particular, las palabras de Jesús, no habían sido para ellos sólo la doctrina transmitida por un rebino, sino un mensaje profético de revelación, con la autoridad y el carácter decisivo de una interpretación definitiva de la voluntas salvífica de jhwh, el Dios de Israel.

  • 2. La segunda fase, en cambio, debe remontarse al período posterior a la muerte de Jesús. Tras esta, tenemos el fenómeno del nacimiento del movimiento que a Él se remite: nace la que conocemos como la primitiva comunidad cristiana. El acto fundante de esta comunidad es -como veremos- la fe en la resurrección de Jesús.

En esta primitiva comunidad cristiana los testigos históricos de la actividad de Jesús, los apóstoles, transmiten a la comunidad la enseñanza de Jesús. Y lo hacen releyendo, por así decir, el significado de lo que Jesús ha dicho y ha hecho a través de aquella clave de lectura representada por el resultado final de su actividad: su muerte y resurrección.

En este segundo momento histórico, se forman, naturalmente,  esquemas que recogen la predicación de Jesús y los puntos fundamentales de su existencia, casi una síntesis de su mensaje y de su vida.

Estos esquemas eran utilizados por el movimiento cristiano en tres contextos principales.

  • - El primer contexto era el del culto yel de la eucaristía en particular: porque el movimiento cristiano, desde el inciio, tiene su centro en la celebración de la eucaristía, revocación de la cena pascual realizada por Jesús con los suyos, poco antes de su muerte. Dentro de esta asamblea cultual de la comunidad se recuerdan, según la costumbre judía, las etapas de la vida y la enseñanza fundamental de Jesús, además del evento central de su muerte y resurrección.
  • - El segundo contexto es el de la predicación. Los apóstoles continúan anunciando a Jesús de Nazaret tal como Él había anunciado la "alegre noticia" (es decir el evangelio) de la venida del Reino, y para hacerlo siguen una especie de escala: estructuran algunas ideas y hechos fundamentales que reflejan la enseñanza de Jesús y el culmen de su existencia (muerte-resurrección)
  • - El tercer contexto es el de la catequesis, o sea de la formación de aquellos que quieren adherirse a la comunidad de los discípulos: éstos son iniciados en los puntos fundamentales de la enseñanza y de la existencia de Jesús de manera más profunda y sistemática.

En estos tres contextos encontramos el nacimiento y la difusión de algunos esquemas y colecciones de predicación, de oración, de catequesis, cada vez más ricos y completos.

  • 3. El tercer momento, que cuaja todo lo sucedido hasta ahora, consiste en la redacción verdadera y propia de los evangelios. Nace de la exigencia de presentar orgánicamente la actividad de Jesús de Nazaret y su mensaje, mucho más en cuanto que poco a poco van faltando los testigos oculares directos, mientras que el movimiento cristiano se está difundiendo en áreas cada vez más alejadas de la palestina originaria, y alcanza a personas que nada conocen no sólo de Jesús de Nazaret, sino ni siquiera de la tradición de Israel. Nace entonces la redacción de los evangelios que poseen una finalidad primera de anuncio de "buena noticia" cristiana (son escritos kerygmáticos), si bien, por esto mismo, representan el espesor histórico del evento Jesús además de su definitivo significado a partir de la resurrección. Su redacción generalmente obedece a dos criterios fundamentales.

    - El primero es el de la presentación de la actividad y del mensaje de Jesús de Nazaret a una particular comunidad cristiana. Cada evangelio está dirigido a una comunidad precisa, si bien es difícil después, precisar de un modo claro, de qué comunidad se trata. Pero es evidente, por no dar más que un ejemplo, que el evangelio de Mateo se dirige a una comunidad de origen judío, mientras que el evangelio de Lucas está claramente dirigido a una comunidad de origen greco-helenista.

    - El segundo criterio es que esta presentación de la actividad de Jesús de Nazaret obedece a la interpretación teológica del mismo evangelista, fruto, a su vez, de la maduración progresiva de la experiencia y de la fe cristiana. Está claro que cada evangelista, reorganizando la materia que poseía (los dichos y los hechos de la vida de Jesús -primer estrato-; los esquemas de predicación, de culto y de catequesis -segundo estrato-), los propone unificándolos según una línea que es típicamente suya.

    De aquí la diversificación de los evangelios: existe un dato común de fondo, inmodificable, existe también una estructura común, pero dentro de esta comunidad se dan también diferencias, desde el punto de vista de la disposición de la materia, e igualmente desde el punto de vista de la interpretación teológica.

    Para dar un ejemplo de este método de redacción usado por los evangelistas, se podría citar el prólogo de uno de los evangelios, el de Lucas, que declara más claramente que todos la voluntad del redactor de escribir la historia de Jesús de Nazaret en la manera más fiel posible, teniendo en cuenta los testigos directos (primer estrato) y el trabajo posterior de la comunidad cristiana (segundo estrato)

    "Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido" (Lc 1, 1-4).

    Precisamente porque los evangelios han pasado por estas tres fases, podemos decir con fundamento que, teniendo en cuenta los elementos atribuibles (en lo posible) a cada una de ellas, es posible acceder a la historia de Jesús de modo seguro.

    A propósito de la sucesión cronológica de la redacción de los evangelios, la crítica -con alguna oscilación- está de acuerdo en estos datos: el primero en ser redactado es el evangelio de Marcos, antes del año 70; siguen, tras el 70, respectivamente Mateo y Lucas; por último, para algunos en los 90 y para otros alrededor del año 100, el evangelio de Juan. Los tres primeros evangelios (los "sinópticos" = cuya estructura puede ser comparada en paralelo en una única "ojeada") muestran evidentes afinidades: la teoría más defendida aún hoy (de las "dos fuentes"), mantiene la hipótesis de que Mateo y Lucas siguen por un lado a Marcos, y por otro, otra fuente ("Q", del alemán Quelle = fuente), además, obviamente, del material propio de cada uno. Juan representa una lectura teológica más profunda y unitaria, pero sólidamente enraizada en la historia de Jesús: no sólo en el sentido de que relata con precisión detalles y referencias históricas de forma a menudo más precisa que los sinópticos; sino también porque lee siempre en profundidad (se diría "con transparencia") el testimonio originario del anuncio y de la historia de Jesús.

    Del NT se conserva una cantidad mucho mayor de manuscritos que del conjunto de los autores griegos y latinos de la misma época. Algunos son muy antiguos. Ciertos fragmentos se remontan incluso al año 150.

           •c)      De los evangelios a la historia de Jesús

Ahora, teniendo en cuenta que más allá de las críticas hechas en la época moderna, los evangelios son testimonios históricos dignos de consideración y que podemos recorrer, a grandes líneas, su formación, cuando nos acercamos a la lectura de los evangelios para reconstruir históricamente la actividad de Jesús, debemos tener presente dos cosas fundamentales.

  • 1. Es evidente que en la redacción final de cada evangelio se encuentran mezclados los tres estratos que hemos recordado. El texto que poseemos es un texto que hemos de leer en profundidad, teniendo en cuenta sus distintos nieles. Y efectivamente podemos encontrar, a través de determinadas técnicas literarias, lingüísticas e históricas, los elementos que se remontan al primero, al segundo o al tercer estrato. (ver recuadro)

Para poner un ejemplo solamente, tomemos el término con el que Jesús se dirige al Padre, el término arameo "Abbá". En el NT se encuentra sólo tres veces de esta forma, en Mc 14,36; Rm 8,15; Ga 4,6. Pero sin embargo, podemos decir que es un término que se remonta a Jesús (primer estrato) porque:

- aunque su uso no sea exclusivo de Jesús, pues puede encontrarse en algún (raro) caso más o menos contemporáneo a él, es sin embargo típico de Jesús para expresar su relación singular y particularmente íntima y familiar con Dios, incluso porque -probablemente- este apelativo era propio del lenguaje común y familiar.

- en la comunidad cristiana después de la resurrección de Jesús, no se utiliza, porque el mensaje de los apóstoles no se concentra tanto (de modo inmediato) sobre el Padre y sobre la llegada de su Reino, sino sobre Jesús que ha resucitado. Y más tarde se mueve en un ambiente cultural progresivamente helenista, que no conoce el hebreo, y mucho menos el arameo. Sólo Pablo retoma este término para decir que los creyentes tienen una relación con Dios que es similar, más aún, que es igual -por gracia- a la que Jesús tiene con el Padre: y por esto "recupera" intencionadamente aquel modo único e inusual de dirigirse a Dios

            Por tanto, podemos concluir que el término "Abba" fue usado típicamente por Jesús. Un discurso análogo se puede hacer a propósito del anuncio central hecho por Jesús -el del "Reino de Dios"- y de otros temas y acentos típicos de su predicación.

  • 2. El segundo punto fundamental a destacar es que leyendo los evangelios tal como los poseemos, nos situamos en el punto de vista de la comunidad que cree en la resurrección de Jesús.

Entonces, ¿qué debemos hacer para reconstruir históricamente la figura de Jesús? Debemos tener presente, por una parte la perspectiva en la que se sitúa la comunidad cristiana, por consiguiente la resurrección; por otra debemos -por así decir- poner metodológica y provisionalmente este punto entre paréntesis, para acceder a la historia de Jesús. Porque lo que a nosotros primariamente nos interesa es intentar acceder al "primer estrato" del testimonio de los evangelios.

            La importancia fundamental de todo este discurso está en el hecho de que queremos intentar comprender en primer lugar no lo que la Iglesia cree de Jesús, sino lo que Jesús ha querido ser y anunciar: para ver después si hay sintonía y continuidad entre la fe de la Iglesia y la intención y el mensaje de Jesús, a la luz de la muerte y resurrección.

            La conclusión es que, teniendo en cuenta la historia del texto evangélico y por consiguiente también la estratificación presente en la actual redacción, podemos reconstruir precisamente, remitiéndonos de modo diversificado a los diversos estratos de la formación de los evangelios:

  • - las líneas fundamentales del mensaje de Jesús
  • - de su praxis, o sea, de su modo de actuar
  • - de su itinerario histórico
  • - de su misma autoconciencia

Esto lo podemos hacer prescindiendo en cierto modo de la lectura de fe post-pascual, la lectura que la comunidad cristiana hizo a partir de la clave de comprensión definitiva del significado de la existencia de Jesús, constituida por la Pascua.

De esta forma nos es posible seguir en vivo la génesis y el camino de la fe de los discípulos: cómo descubrieron progresivamente la identidad y el significado del mensaje de Jesús, según el itinerario y la pedagogía que Él mismo les propuso. Tras haber puesto de manifiesto la génesis y el camino de fe de los discípulos, podremos recorrer también la génesis y la profundización de la fe de la Iglesia después de la Pascua.

Los criterios de historicidad

No basta utilizar las fuentes. Es necesario además usar el método apropiado. La investigación histórico-crítica ha ido estableciendo lentamente ciertos criterios metodológicos fundamentales para la interpretación de los evangelios. ¿Cómo llegar por ejemplo a conclusiones más o menos firmes para determinar la historicidad de unas palabras o de un hecho de la vida de Jesús? He aquí unos cuantos criterios que permiten remontarse al primer estrato (predicación y praxis del Jesús histórico) que podemos resumir así a partir de la presentación que hace de ellos M. Quesnel:

            Criterio de incongruencia o contradicción: si unas palabras o un gesto de Jesús contradicen la imagen que de él se hacían los primeros cristianos, la Iglesia no puede haberlos inventado. P.ej. el bautismo de Jesús por Juan, que parece clocar a Jesús en situación de inferioridad con respecto al Bautista. Este criterio es muy fiable pero se aplica en pocos casos

                Criterio de discontinuidad o de doble diferencia: lo que no puede proceder del judaísmo ni de las Iglesias del siglo I tiene muchas probabilidades de remontarse al mismo Jesús. P. ej. Los discípulos se abstienen de practicar el ayuno, que era corriente sin embargo en el judaísmo  que luego adoptarían también los cristianos.

            Criterio de atestiguación múltiple: se trata de acontecimientos o palabras atestiguados por varias fuentes o tradiciones independientes unas de otras. P.ej. la predicación de Jesús acerca del Reino de Dios, las curaciones en sábado o la confesión de Pedro en Cesarea.

            Criterio de coherencia o conformidad: palabras o gestos en coherencia con los que ya han sido confirmados por los criterios anteriores. P.ej. el distanciamiento de Jesús respecto de ciertas prescripciones legales  es coherente con su distancia respecto a las prohibiciones sabáticas. Este criterio es más delicado de manejar.

                Criterio del rechazo y la condena a muerte: las escenas de la vida de Jesús que contribuyeron a irritar a las autoridades judías y romanas y lo llevaron a la condena a muerte. P.ej. las aclamaciones reales con ocasión de su entrada en Jerusalén, o el escándalo del derribo de las mesas de los cambistas en el templo.

                Estos cinco criterios no funcionan evidentemente de manera automática. Su utilización requiere mucha prudencia y sentido histórico. No se los puede usar uno contra otro. A veces sólo conducen a soluciones conjeturales. Su convergencia es particularmente significativa, sobre todo sobre la base de la coherencia y unidad de fondo -según los casos- de la historia y la enseñanza de Jesús

Evangelios canónicos y evangelios apócrifos

Los cuatro evangelios que tenemos en nuestras Biblias son los que la Iglesia aceptó como regla de fe y por eso se llaman "canónicos". Pero además, en los primeros siglos del cristianismo se escribieron otros libros similares, a los que también se llamó evangelios. No fueron incluidos en el canon de la Iglesia antigua por varias razones. Bien porque se los consideraban poco históricos o demasiado tardíos, bien porque se juzgaba que había en ellos elementos extraños o poco fieles a la enseñanza primitiva.  Se los conoce como evangelios "apócrifos" es decir no auténticos: el Evangelio de Tomás, el Protoevangelio de Santiago, el Evangelio de Pedro o el Evangelio de la Verdad (gnóstico). A ellos se  añaden una serie de "hechos" atribuidos a los apóstoles Juan, Pedro, Pablo, Andrés o Tomás; de cartas atribuidas a Pablo; y de "Apocalipsis", de Pedro, de Pablo, de Tomás[9].

Los textos ya conocidos se vieron enriquecidos en 1945 por los hallazgos de Nag Hammadi, en el Alto Egipto; se conoce también una serie de manuscritos coptos de numerosos libros gnósticos (entre ellos el Evangelio o Testimonio de la verdad y el Evangelio de Tomás)

 Algunos de ellos, como los evangelios de la infancia, tratan de llenar vacíos de los evangelios más antiguos; otros pretenden recoger enseñanzas secretas de Jesús. Los redactores rellenaban de algún modo las "lagunas" de los evangelios según la curiosidad de cada cual. Muchos de ellos han servido de inspiración a los artistas, y de alimento a la piedad cristiana. A veces el niño Jesús se convierte en ellos en un prestidigitador. En general son muy interesantes para conocer las creencias y forma de vida de algunos grupos cristianos de los primeros siglos, pero excepto la colección de dichos de Jesús que se conoce con el nombre de "Evangelio de Tomás", el resto aporta muy poco sobre Jesús y sus enseñanzas.

¿Qué pensar de esta literatura? EL hecho de que estos libros sean "apócrifos" no los priva a priori de todo valor histórico. Pero en conjunto constituyen interpretaciones especulativas de las Escrituras, o desarrollos legendarios y fantásticos contemporáneos o posteriores a la tradición canónica.  Si se los utiliza con prudencia, pueden proporcionar indicaciones históricas u ofrecer datos interesantes para contrastar.


[1] BIBLIOGRAFIA: Coda, P., Dios llega al hombre. Breve Cristología, Ciudad Nueva, Madrid, 1993; Sesboüe, B., Creer. Invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI, , San Pablo, Madrid, 2000

[2] Fue "en Antioquía donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos" (Hech 11,26)

[3] Epist. 10,96

[4] 15,44,2-5

[5] Claudius, 25

[6] "hombre bueno, que exhortaba a los judíos a llevar una vida virtuosa y a practicar la justicia recíproca y la piedad hacia Dios, invitándoles a acercarse juntos al bautismo" (18, 109-119)

[7] 18, 63-64

[8] La contraposición entre Jesús histórico y Cristo pascual en R. BUltman; el redescubrimiento del Jesús histórico en los post-bultmanianos; las investigaciones exegéticas de H. Schürmann y toda una serie de biblistas contemporáneos.

[9] Apócrifos referentes a Pablo: Carta a los laodicenses (s II) Correspondencia entre Pablo y Séneca (s.III);

Tercera carta a los Corintios y Hechos de Pablo (s.II);Hechos de Pablo y de Andrés; Hechos de pedro y de Pablo (s. VI-VII);Apocalipsis de Pablo (s. IV), Carta de Tito (s. V)

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